El parto desde mi experiencia

Escribo esto para ti mujer, que al igual que yo no sabes qué esperar en el momento de la vida en que somos más mujeres que en cualquier otro momento, como lo es traer al mundo al ser que amaremos mucho más que a nosotras mismas.

El viernes 20 de Mayo de 2011 recibí la noticia de que dentro de mí estaba uno de los regalos más bellos que la vida me ha dado hasta ahora ¡estaba embarazada de mi primer bebé! afortunadamente fueron 39 semanas y 2 días maravillosos, en los que el único malestar presente fue el dolor de cabeza durante los primeros tres meses.

Mi vida cambió desde ese día pues, comencé a ser más consciente de mi alimentación, mi forma de vestir, la manera en que reaccionaba cuando algo no salía como quería.  También comenzaron las angustias:  ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Cómo será mi bebé? ¿Vendrá sanito y completo? ¿Cuál será su sexo? ¿Cómo sabré que ha llegado el momento?

Dos días antes de ir al control de los cinco meses, mi esposo soñó con una hermosa niña y en el sueño esa niña le decía que su nombre era Valentina; así que decidimos que si era niña ese iba a ser su nombre, y así fue… me confirmaron el sexo, nuestro hogar se llenaría con las risas de una hembrita, mi amada Valentina… ¡Qué emoción! Una compañera de vida, porque eso somos las hijas.

Los meses restantes pasaron rápidamente mientras preparábamos el cuarto para Valentina, esperando que llegara la cuna, comprando lo que íbamos a necesitar los tres en el momento de la tan anhelada llegada de nuestro retoño.  Llegó fin de año y con él aumentaban mis temores y preocupaciones, afortunadamente contamos con el apoyo de un magnífico ginecobstetra, quien nos guió adecuadamente durante este maravilloso proceso, y quien a pesar de no ser mujer, supo explicarme qué podría sentir si me comenzaban las contracciones, ya que desde el inicio le hice saber que no quería cesárea a menos que fuese extremadamente necesaria.

El seis de enero a las 20 horas estábamos en consulta viendo a nuestra Valentina en un ecosonograma, ya con 39 semanas y 1 día mi cuerpo estaba preparado para traer al mundo al fruto de mi vientre, sin embargo según lo evidenciado en la pelvimetría era muy poco probable que pudiera completar el proceso de parto vaginal ya que se observaba mi pelvis muy estrecha, así que decidimos optar por la cesárea, que fue pautada para el sábado 7 de enero a las 13 horas; sin embargo, ese no era el plan de Dios para nosotras, pero no lo sabíamos.

La noche del 6 de enero la sentí como la más larga del año, lo que nunca había hecho Valentina en 39 semanas lo hizo ese día, no me dejaba dormir, se movía como un gusanito dentro de mi vientre, lo que no sabía yo era que mi trabajo de parto estaba comenzando; y así llegaron la 4:45 horas del sábado 7 de enero y trajeron con ellas algo que aún hoy no sé qué fue, un sonido que vino de mi interior, como el “click” del ratón del ordenador, y unos cuantos segundos después llegó un malestar leve entre el vientre y la parte baja de la espalda tal como me lo habían explicado; más que un dolor de vientre parecía un retorcijón intestinal; inmediatamente busqué el cronómetro de mi móvil y tome el tiempo hasta que llegara otra vez el dolor (si es que llegaba) y, a los 10 minutos exactos llegó el segundo retorcijón; aún pensaba que era pura casualidad y decidí volver a cronometrar el tiempo, y a los próximos 10 minutos llegó el tercer retorcijón.  Justo en ese instante comprendí que estaba en labor de parto y esa era mi tercera contracción.

Sin dudarlo más me di vuelta y desperté a mi esposo, le dije que ya me habían comenzado las contracciones, él nervioso se levantó y me ayudó a levantarme de la cama y a ir al baño.  Cuando llegué al baño salió un poquito de agua, aparte de la orina y mi deposición (afortunadamente pude hacer antes de llegar a la clínica, pues me preocupaba mucho que saliera algo de mis intestinos en el momento de dar a luz).   Me levanté calmadamente y me dispuse a ducharme, el agua tibia alivió considerablemente la tensión que sentía en la parte baja de la espalda.  Mientras me duchaba no podía cronometrar las contracciones, sin embargo había notado que eran más continuas que al inicio, duraban más tiempo y era más fuerte el dolor, pero aún era soportable; al salir de la ducha llame innumerablemente al doctor, pero caía directo la contestadora de su móvil; no me quedó más que respirar y prepararme para salir lo antes posible a la clínica.

A las 6:30 horas salimos de la casa, ya los dolores eran más frecuentes y duraban mucho más, en este momento ya no pensaba en cronometrar nada, sólo quería que no me doliera o que todo pasara rápido; es entonces cuando mi esposo comienza a cronometrar  el tiempo entre cada contracción y la duración de cada una…a esta hora ya se demoraban 7 minutos entre una y otra y duraban casi medio minuto.

A las 7:00 horas llegamos a la clínica, cruzar la calle fue toda una odisea pues cuando me iba a bajar del automóvil me vino una contracción, cuando pasó me dispuse a cruzar la calle y como me demoré un poco mientras le pedía mi carpeta de exámenes a mi esposo, me vino la otra, al cruzar finalmente la calle y llegar a la puerta de la clínica vino la otra, en todos lados me quedaba de pié esperando que pasara para continuar hacia la recepción de la clínica.  Cuando finalmente llegué le expliqué a la enfermera de turno que tenía la cesárea pautada para las 13 horas, pero que ya me habían comenzado los dolores; inmediatamente me ubicaron en una camilla en la emergencia mientras mi familia llenaba la documentación de ingreso  a la clínica.

Recuerdo que al entrar a la emergencia sentí que el aire acondicionado estaba sumamente bajo, el frío era increíble.  Le pregunté a mi esposo cuánto tiempo se estaban demorando las contracciones y me dijo que 5 minutos entre una y otra y que casi duraban 1 minuto completo.  En ese instante llegó la enfermera de laboratorio, quien se disponía a sacarme la sangre para hacerme los estudios necesarios.  No fue fácil pues cada vez que la chica me limpiaba y me conseguía la vía, venía una contracción y tenía que quitarme el torniquete y esperar a que pasara, demoramos como 20 minutos en esto.  Luego vino un enfermero que debía ponerme la vía para pasarme el suero y los medicamentos, esto tampoco fue fácil, se repitió la misma historia que con la chica del laboratorio.

Ya no sabía qué hora era pero sudaba como si hubiese corrido un maratón completo y si al llegar a la clínica sentía que la emergencia era un congelador, ya no lo recordaba porque sentía muchísimo calor, con cada contracción me agarraba muy fuerte de la camilla, cerraba los ojos y le pedía a Dios que me diera mucha fortaleza para soportar los dolores y traer a mi hija al mundo de la forma en que el cuerpo está diseñado para hacerlo.

Como mi doctor aún no llegaba, la médico internista decidió tomarme una muestra de orina con una sonda y hacerme un tacto, el primer tacto, que cosa tan desagradable, pero el malestar del tacto era casi imperceptible por el dolor de las contracciones que en este punto ya no sabía si paraban o si era un solo dolor continuo.  Cuál fue la sorpresa de todos cuando la internista dice “si el Doctor no llega lo lamentamos, pero hay que subirla ya porque tiene 8 de dilatación”.  Por mi cabeza pasó de todo: quería que mi doctor llegara, quería que se me quitara el dolor (que en este punto ya casi no lo soportaba), necesitaba respirar porque con el calor que sentía era como si estuviese en medio del desierto…

Finalmente llegó mi doctor, se rió y me dijo: “tal como querías iniciaste muy bien el trabajo de parto, vamos a quirófano y vas a tener a Valentina por parto vaginal porque a esta altura es una maldad que te haga cesárea, nos vamos a quirófano”.  Es como que hubiese llegado en el momento justo porque esa contracción me dolió hasta las entrañas, fue horrible, le dije que ya no aguantaba más y sentía muchísimas ganas de pujar.

Giré la cabeza, vi a mi mamá y a mi esposo nerviosos, me dijeron que eran las 8:30 horas, me comenzaron a llevar al quirófano, mi mamá me dio un beso, me dijo que me amaba y que iba a estar esperándome a la salida; mi esposo subió conmigo en el ascensor, no lo dejaron entrar conmigo así que me dio un beso y me dijo que me amaba y que no se iba a apartar de esa puerta.

Entramos al quirófano, llegó el anestesiólogo, me pusieron de lado, me pidió que me abrazara las rodillas para ponerme la raquídea para aliviar la tensión muscular.  Yo pensaba que esa inyección era horrible por lo que me habían contado, pero no sentí nada, tampoco sentí que me aliviara un poco el dolor; una vez lista me tomó de las manos y las puso en unos parales de la camilla y me dijo que me tomara de ahí al momento de pujar.

Mi doctor me dijo que le avisara cuando llegara la contracción y en ese momento pujara con todas las fuerzas de mi alma.  Continuamente le pedía a Dios que me diera fuerzas para soportar tanto dolor.  En un instante dijo “la bebé se devolvió, voy a tener que ayudarla” y tuvo que poner casi todo su peso sobre mi estómago y empujar a Valentina, quien parecía que no quería salir. Esto lo hicimos un par de veces, hasta que sentí el dolor más fuerte que había sentido desde que comenzó todo el proceso y finalmente escuche el llanto espontáneo de mi amada Valentina, ese sonido que había esperado desde hacía 39 semanas atrás, el neonatólogo la puso a mi lado la besé y se la llevaron para limpiarla, y escuché claramente a la enfermera “¿Hora de nacimiento Doctor? – 9:19 horas-.

El dolor de las contracciones aliviaron inmediatamente en el instante en que mi hija salió de mi vientre, aún sentía dolor y no entendía por qué no me bajaban de la camilla, luego el Doctor me dijo que estábamos esperando que alumbrara, como nadie me había hablado de eso, me sentí desconcertada…¿Qué quería que alumbrara? ¿No le bastaba con la iluminación del quirófano? Finalmente me explicó que el alumbramiento se refiere a la expulsión de la placenta jajajajajaja tremenda confusión la mía.

Una vez ocurrió el alumbramiento comencé a sentir unos pequeños pinchazos, pero inmediatamente me dormí.

Con 25 años y en contra de los pronósticos de la noche anterior, tuve a mi hija por parto vaginal y todo salió perfectamente gracias a Dios.

Cuando desperté estaba el Doctor a mi lado, me dijo que todo había salido espectacular, que mi bebé medía  48cm y pesaba 2,850Kg, me explicó que me había sedado un poco porque me había desgarrado y tuvo que coserme, que tenía 3 capas de puntos.

Al bajarme me pasaron por el retén, fue maravilloso ver a mi Valentina tan despierta agarrándose de los tubos por donde entraba el oxígeno a la incubadora, su primera foto.  Jamás imaginé que estaría tan inquieta, imaginaba que iba a ser como un peluchito dormida, pero nada que ver.  Cuando la llevaron a la habitación la amamanté, la abracé, la besé. ¿Qué dicha la que sentía en ese momento!

Qué sentimientos tan maravillosos los que salen a relucir en ese momento. Mi esposo y yo estábamos felices, nuestra bebé estaba sana, completa.

En un instante se acercó un señor a felicitarme con vestimenta de enfermero, no sabía quién era, me dijo que nunca había visto el nacimiento de un bebé, que lo había hecho fenomenal, que él no había podido entrar en ninguno de los nacimientos de sus tres hijos, pero que ver el nacimiento de Valentina fue genial.  Luego me explicaron que el ginecólogo auxiliar no había podido llegar y necesitaban a alguien de apoyo, así que le pidieron al enfermero que repone la instrumentación del quirófano que se quedara.

Hoy, a casi 6 meses del nacimiento de Valentina Paola, le doy gracias a Dios por darme la fortaleza que le pedí, por hacerme feliz con la familia que tengo y por permitirme amarlos todos los días con todo mi corazón.  Me confiezo enamorada de mi hija y de mi esposo, 100% lactivista, aferrada a la lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses de vida, aprendí a no apenarme por amamantar a mi hija en donde sea porque es uno de los actos más naturales y bellos del mundo, ese contacto piel con piel, no se compara con nada, y si vuelvo a tener otro bebé estoy segura de querer que sea por parto vaginal nuevamente porque estoy convencida de que Dios hizo mi cuerpo perfecto.

 

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